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Adictos a lo negativo

televisor

No sé si sólo es cosa mía, pero tengo la sensación de que este verano que termina ha venido marcado por un montón de noticias terribles. El constante drama de los refugiados que tratan de acceder a Europa, además de toda clase de accidentes, incendios y crímenes espantosos han llenado a diario los periódicos y los informativos de radio y televisión.
Echando la vista atrás me pregunto si realmente ha sucedido algo positivo durante estos últimos meses.

Precisamente durante esos días en los que me sentía abrumado por tantas tragedias leí un artículo en la web de la Cadena Ser titulado: “¿Por qué nos gustan los personajes malvados?” El autor, David Redondo, recordaba que, en general, los protagonistas de las series más exitosas de la televisión son individuos violentos y poco recomendables, y advertía de que estamos ante una nueva tendencia en la ficción. Pensé en las series que he visto últimamente y concluí que es cierto. En esas historias de éxito al final todo el mundo esconde algo oscuro.

Me pregunté por qué ese abuso de los aspectos más sórdidos de la condición humana en las películas y las series contemporáneas ya que, afortunadamente, en la vida real todavía quedan muchas personas buenas (entre todos los seres humanos que he conocido puedo recordar a un puñado de personas bondadosas, mientras que no creo haberme encontrado a nadie completa y rotundamente malvado). Por un momento sopesé si el motivo no sería simplemente que con esos personajes siniestros los guionistas tienen más posibilidades de lograr la tensión, el conflicto necesarios en cualquier buena historia. Pero la realidad es que también lo inaceptable, lo directamente aberrante, ha salido de la ficción para instalarse hasta la náusea en los informativos de casi todas las cadenas de televisión. Así que seguramente la explicación es más compleja. Por alguna razón se diría que lo negativo nos llega de un modo directo, capta de inmediato nuestra atención y crea una sacudida emocional que tiene algo de adictivo.

Los editores de los informativos hace tiempo que tomaron nota de eso. Basta con ver la televisión un día cualquiera para comprobar la inquietante deriva hacia lo morboso que se extiende por todos los canales como una especie de enfermedad moral. La gran mayoría de los noticieros dan prioridad al relato de toda clase de tragedias (sin olvidar la nueva moda de las enfermedades, que parecen haberse convertido ya en una sección informativa con personalidad propia). Recuerdo que no hace tantos años todos esos contenidos quedaban relegados a un pequeño espacio justo antes de los deportes o simplemente no se mencionaban. Por otro lado, cuando los informativos relatan una historia de superación personal o de generosidad hacia los demás lo hacen cayendo en un simplismo infantil, en la pura sensiblería (otra vez en busca del impacto emocional).

Es como si ahora mismo nada pudiera escapar a esa tiranía.

Telecinco es un ejemplo extremo. Su informativo puede comenzar con un vídeo casero sobre cualquier cosa: inundaciones, accidentes, fuegos, un toro embistiendo a una persona… (el motivo no importa demasiado siempre que consiga atrapar la atención del espectador). La gota que colmó el vaso de mi paciencia en este verano tan complicado fue un vídeo emitido en ese mismo canal en el que una cigüeña arrojaba al vacío a sus polluelos para salvarlos del incendio que arrasaba el campanario donde había anidado. El presentador anunció que uno de los dos polluelos se había salvado, y advirtió que, tras una pausa, observaríamos otra noticia con animales como protagonistas: en este caso la angustia de una mamá pato al ver cómo una de sus crías se precipitaba por una alcantarilla. “Esto no es información; no puede serlo”, pensé. Y entonces, como en una revelación, tuve la certeza absoluta de estar siendo manipulado, dirigido emocionalmente. Cambié de canal asqueado. “Me niego a que esos tipos me dicten qué debo sentir en este preciso momento”, me dije.
Seguramente fue una reacción exagerada, pero ya he dicho que ha sido un verano demasiado complicado en muchos aspectos. Y todo tiene un límite.

¿Qué ocurriría si a través de los medios se difundieran mensajes de empatía hacia los demás, de generosidad y de amor? ¿Qué sucedería si el ejemplo a seguir fueran los personajes nobles y desprendidos, y no los retorcidos, los crueles, los que sólo buscan su propio provecho? ¿Alguien se atreve a imaginarlo?
Creo que al menos, merecería la pena probar. Y, por cierto, estoy convencido de que las historias que fomentan nuestros aspectos positivos no tiene por qué ser aburridas.

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No era sólo machismo (probablemente)

foto Javier MicoraLos dispositivos electrónicos han creado un nuevo tipo de lector de noticias urgente, ávido, que busca obtener una impresión general de la actualidad de un solo vistazo, y que en apenas unos segundos decide en qué merece la pena detenerse y qué debe ser desechado dentro de una oferta informativa que en Internet se vuelve inacabable. (Estoy descubriendo que a menudo yo también me informo así, con esa especie de precipitación rara, como si el mundo fuera a acabarse en el siguiente minuto).

La consecuencia inevitable de todo esto es la dictadura del titular, que debe ser lo suficientemente llamativo como para captar la atención en los dos segundos en los que el lector toma la decisión de tocar la pantalla sobre la noticia o deslizar el dedo en busca del siguiente reclamo informativo.

Supongo que esa es la razón por la que estos días en las noticias twiteadas por varios medios destacados he encontrado cosas como: “Una de estas fotos es de una luna de Júpiter; el resto son sartenes. ¿Sabrías decir cuál?”; “El caso de Ashley Madison es de emergencia social: suicidios, agresiones y divorcios”; “¿Qué fue de los actores de Melrose Place?” ó “Resuelto el misterio de la muerte del oso Knut” (sí, ya sé que la mayoría de los titulares son más serios, pero al menos dejad que me asombre de que se publiquen esa clase de cosas).
Al hilo de esto fue muy comentada la noticia publicada en “El Mundo”, sobre la deportista Carolina Marín la víspera de su participación en el mundial de Badminton, que terminaría ganando por segunda vez consecutiva. En realidad la información era interesante, y relataba el proceso de madurez de la campeona; pero el autor no tuvo mejor idea que titularla: “Y hasta se ha echado novio”. De inmediato, las redes sociales se llenaron de comentarios indignados (con toda razón) en los que se resaltaba el machismo intolerable que rezumaba el dichoso titular. El propio periodista entró al trapo y defendió su trabajo, colocándose a sí mismo en el papel de víctima de un ataque injusto. “El Mundo” reaccionó y cambió el titular en la edición digital, aunque la frase quedó para la historia reciente del periodismo más cutre.

Lo comenté con mi hermana Gemma, que también es periodista aunque no haya llegado a ejercer (me temo que si uno es periodista lo es ya para siempre, independientemente de su trayectoria y de sus circunstancias). Gemma tiene unas firmes convicciones feministas, así que me llamó la atención su análisis. “Claro que hay un componente machista en el enfoque de la noticia”, me dijo. “Pero yo estoy segura de que ahí se esconde algo más”. Intrigado le pregunté cuál era, en su opinión ese factor añadido que a mí se me escapaba. “Ese tío no es ningún tonto; quería que hablaran de él y de su noticia. Ha buscado conscientemente el enfoque machista. Durante unas horas su nombre estuvo entre lo más comentado en la red. Su información generó un debate muy fuerte. Lo logró. Ese día consiguió destacar”.

Estuve pensándolo un rato. Y creo que tiene razón. Seguramente fui muy ingenuo al creer que sólo se trataba del típico caso de un periodista masculino que trata con displicencia a una protagonista femenina.
Parece que la necesidad imperiosa de captar la atención también se extiende a algunos periodistas, inmersos en unos tiempos complicados de dura competencia y tremenda fragilidad laboral (no hablo tanto de los profesionales de provincias, donde cada día uno tiene mil motivos para no creerse importante y bastante hace con sacar adelante el trabajo de un modo digno). Así que supongo que en esas redacciones de las grandes ciudades, donde se libra una dura batalla diaria de egos, la tentación de buscar la polémica a sabiendas para lograr unas horas de protagonismo puede ser demasiado grande.

Sí, esta clase de vida agitada y competitiva que hemos creado entre todos está llena de retos, de desafíos que se suceden constantemente. Uno nunca tiene nada garantizado y la trayectoria profesional no supone ningún valor añadido. A menudo, los más espabilados prevalecen sobre los serios y los concienzudos.
Ocurre en todas las profesiones.

Foto: Javier Micora

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El periodismo ya no es divertido

the wire

David Simon, guionista de la celebrada serie televisiva “The Wire”, fue cronista durante años en The Baltimore Sun. Preguntado por qué dejó el periodismo respondió: “Unos tipos compraron el periódico para el que trabajaba y dejó de ser divertido”. En realidad, esta es una versión suavizada. En sus manifestaciones reales en lugar de “tipos” aparecía un duro calificativo en el que se mencionaban las madres de los compradores (lo he omitido porque, al fin y al cabo, dudo de que las pobres madres tuvieran algo que ver con lo ocurrido).

La anécdota la refleja el periodista Ignacio Escolar y sirve para explicar parte de la actual situación de los medios. Hace tiempo que los periodistas han dejado de tomar las decisiones fundamentales que afectan a su trabajo. Los profesionales que pueden permitírselo buscan nuevas vías para desarrollar su vocación con un cierto grado de independencia; la gran mayoría, en cambio, aguanta como puede y trata de adaptarse a un entorno cada vez más complejo en el que contar buenas historias ha dejado de ser una prioridad.

Los medios de comunicación han ido perdiendo en un proceso lento, y al parecer ya inexorable, el carácter de instrumentos de formación en valores de la opinión pública y de control frente a los abusos del poder. Salvo honrosas excepciones se han convertido en empresas cuyo objetivo es producir beneficios mediante la venta de un bien material llamado noticia. Por supuesto, no hay nada malo en querer ganar dinero de ese modo; el problema es cuando para lograrlo sacrificas todo lo demás, incluyendo el sentido inicial de tu propio negocio.

La mentalidad mercantil lo ha devorado todo. Y la producción de información y el manejo de las plantillas de profesionales se somete implacablemente a esta lógica. El tratamiento de la noticia como un simple bien de consumo de producción rápida y a bajo coste redunda en la pérdida de calidad de los contenidos. Es inevitable. Los profesionales son cada vez menos, están más estresados y tratan de cumplir como pueden con su tarea de llegar a tiempo a la cita diaria con la sociedad. El resultado es que casi todo el mundo termina contando las mismas cosas y de una forma parecida. Y eso frustra a los propios periodistas, que desearían disponer de tiempo, de medios, y hasta de la comprensión de sus jefes, para poder ir más allá de la simple superficie de una historia.

Yo he sido uno de esos miles de profesionales anónimos que se ha visto afectado por esta apabullante lógica mercantilista, y reconozco que eso me ha movido a poner por escrito estas reflexiones. De no haber sido recientemente despedido, seguiría aguantando el tipo, limitándome a quejarme frente a una cerveza en compañía de algún amigo. Los periodistas asumimos casi todo con tal de seguir adelante con nuestra vocación. No se nos debe culpar. Simplemente somos así, amamos demasiado lo que hacemos.

Pero es cierto: hace tiempo que el periodismo ha dejado de ser divertido.

 

Artículo publicado Noticias de Álava el 31 de julio de 2015

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